Sequía
Es tan fácil acostumbrarse al beso que ahora que falta
no soy capaz de decir cuándo vi el último despedazándose
bajo nuestras narices,
literalmente.
No sé si nos mordimos con una boca abierta del diámetro de
un asteroide,
o si te dejé marchar al trabajo con el roce íntimo y a la
vez insuficiente
del beso de un funcionario de correos.
Igual que cuando alguien sale de la habitación y deja la puerta
abierta,
y entra la corriente directa al centro de la espina dorsal,
y no sabemos por qué llega el escalofrío pero no se puede
hacer nada hasta que pasa;
ahora
miro venir las horas de esta sequía y sueño con posarme
sobre ti de nuevo.
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